lunes, 10 de noviembre de 2014

Concierto Sacro Extraordinario en honor de Santa Cecilia

Iglesia Conventual de San Agustín (PP Dominicos) 
16 de noviembre a las 11,45 horas.


El próximo domingo 16 de noviembre tendrá lugar en la Iglesia Conventual de San Agustín (PP Dominicos) el Concierto Sacro Extraordinario en honor a Santa Cecilia (patrona de la música) a cargo de la Coral Universitaria Miguel Castillejo (director Ángel Jiménez) y de la Orquesta del Conservatorio P.M. "Músico Ziryab" (director Manuel Pérez). 

viernes, 7 de noviembre de 2014

Trigésimo segundo domingo del tiempo ordinario

Sab 6,13-17: Encuentran la sabiduría los que la buscan.
1 Tes 4,12-17: A los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con Él.
Mt 25,1-13: Velad, porque no sabéis el día ni la hora.

Hoy, nuestra reflexión espiritual se centra en la parábola de las diez vírgenes, de las cuales cinco eran prudentes y otras cinco eran necias.

Las vírgenes prudentes son alabadas por Jesucristo por lo bien pertrechadas que están de aceite, es decir, por su previsión y preparación para recibir al esposo a cualquier hora. Sin embargo, nos puede dejar desconcertados su negativa a compartir su aceite con las vírgenes necias. En principio parece una actitud poco evangélica, pues si algo se destaca en el Evangelio es la comunión y el amor, que invitan a compartir con los que no tienen, o tienen menos. Con todo, no podemos olvidar que estamos ante una parábola, donde lo que importa es sobre todo la moraleja o enseñanza final, y no tanto la explicación literal. Y la lección que nos propone la parábola de este domingo es clara: <<Estad en vela, porque no sabéis ni el día ni la hora>>.

Muchos pensadores cristianos han relacionado esta parábola con el tema de la muerte. La muerte puede sorprendernos como ladrón en la noche. Por eso tenemos que estar preparados, como las vírgenes prudentes, no sea que cuando menos lo esperemos Dios nos llame a su presencia y estemos totalmente vacíos, sin aceite en nuestras lámparas. Sin embargo, con el avance de las ciencias y de la investigación bíblicas, las parábolas hay que entenderlas en el marco de una mayor comprensión del Reino. La parábola, en el decir del exegeta A. Pronzato, es una explicación práctica y plástica, amena y sencilla, que tiene Jesús de acercarnos el Reino de dios.

No obstante, en esta parábola hay un matiz que no aparece en ninguna otra. En todas las parábolas se utiliza la expresión: <<El Reino de los cielos se parece… [o es semejante]>>. Es el presente el que manda, porque el Reino de dios ya está en medio de nosotros. Sin embargo, en la parábola de las diez vírgenes el presente es sustituido por el futuro: <<El Reino de los cielos se parecerá…>>. Aunque el Reino de los cielos ya esté aquí, aún no ha llegado a su plenitud total. Es el <<ya, pero todavía no>>, de que gustan hablar los teólogos. Habrá una etapa del reinado definitivo de Dios que no ha llegado aún, y que vendrá. Es la etapa de la plena constitución del Reino.

Esta tensión dinámica y fuerte hace que el ideal de la vida cristiana no sea un cómodo sueño sino una constante lucha, una conquista diaria de la perfección a la que los cristianos, por vocación, estamos llamados. Son muchas las catástrofes que asolan nuestro actual mundo: guerras, destrucción del medio ambiente, hambre, marginación o subdesarrollo. Por ello, es fundamental mantener la virtud de la esperanza por encima de todas las contrariedades y avatares de la existencia. Una esperanza uqe, a pesar de las sinrazones humanas, imprime un dinamismo de sentido y arroja un rayo de luz salvador a nuestra vida, acosada por males sin cuento.

Lo condenable en las vírgenes necias es su pasividad, su despreocupación, su pensar que <<otros solucionarán los problemas por mí>>. Es la actitud de quienes están muy seguros de que la salvación es sólo obra de Dios, sin ninguna colaboración por parte del hombre. Ni Dios, ni los demás pueden salvarme, si yo no hago por salvarme. Por eso es inútil <<pedir aceite>>. No podemos descargar en los otros todas nuestras responsabilidades. En la vida de fe es esencial la opción personal, insustituible e intransferible, hasta el punto que Dios mismo no la violenta, sino que la respeta.

Las vírgenes prudentes, sin embargo, nos dan la lección de vivir la vida desde la entrega, la confianza y la alegría, sin desfallecer nunca. En un mundo con tantas dificultades, tan secularizado en muchos aspectos, tan hostil al pensamiento cristiano; en un mundo que tiene la capacidad de autodestruirse a sí mismo, tenemos que vivir con el aceite de la esperanza, que es la que nos permite soportar todos los envites y reveses de la presente hora.

No son egoístas ni invitan al egoísmo las vírgenes prudentes del Evangelio cuando, a la súplica de las olvidadizas, responden negativamente. No hacen otra cosa que recordarles su responsabilidad personal e, implícitamente, el valor trascendente de las propias acciones y omisiones. Las doncellas prudentes les niegan a sus compañeras el aceite, pero no la luz de sus lámparas. La luz está mantenida y alentada por algo –la fe vigilante- que es intransferible, como lo es la vida personal.

Cada cual tiene su interioridad de la que saca la luz de su fe. Tiene –o no tiene- su aceite: amor a Dios y al prójimo, generosidad, trabajo, sinceridad, firmeza de propósitos, ideales nobles, capacidad de lucha consigo mismo, orden, pureza de vida, valores todos ellos que dan luz y que indican el calibre de nuestra fe.

Hemos de vivir, no de espaldas al mundo, sino inmersos en él, llenos de nuestra espiritualidad cristiana, para desde ella, imprimir al mundo una nueva visión de las personas y de las cosas. No sabemos ni el día ni la hora, pero tenemos una misión que cumplir en un mundo difícil del que el cristiano –ciudadano al mismo tiempo del cielo y de la tierra- debe sentirse responsable. El cristiano está llamado a ser sal y luz (cf. Mt 5,13-16).

domingo, 2 de noviembre de 2014

Trigésimo primer domingo del tiempo ordinario

Mal 1,14-2,2.8-10: Os apartasteis del camino, habéis hecho tropezar a muchos en la ley.
1 Tes 2,7-9.13: Recordad nuestros esfuerzos y fatigas, proclamando el Evangelio de Dios.
Mt. 23,1-12: Haced y cumplid lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen.

Nuestra reflexión cristiana de hoy se centra en una idea-eje que recorre todas las lecturas de esta domingo: el buen uso y el abuso de la autoridad, sea civil o religiosa.

Jesucristo no se anda con contemplaciones a la hora de condenar el abuso de poder de las autoridades religiosas de su tiempo, porque no lo utilizaban para servir, sino para aplastar y agobiar al pueblo mediante una red intrincada de mecanismos, tales como los mandatos, normas, prescripciones o interpretaciones de la ley.

Jesús condena en términos enérgicos todas las actitudes hipócritas, típicamente farisaicas: ensancharse las filacterias del manto para aparentar ser los mejores cumplidores de la ley, imponer cargas pesadas sobre personas que dependían de ellos porque ellos estaban constituidos en autoridad, la vanidad de ocupar los primeros puestos en las sinagogas o en los banquetes. Condena que, por otra parte, no podemos reducir sólo a los fariseos. En las primitivas comunidades cristianas también se aplicaba esta exhortación, a veces, a la autoridad eclesiástica, no para recriminarla, sino para recordarle que la autoridad se ha de ejercer con vocación de servicio, sin poner en los hombros de los demás cargas que ella no estaba dispuesta a llevar.

Todos cuantos pertenecemos y tenemos alguna forma de autoridad ministerial tendríamos que reflexionar de vez en cuando en las actitudes farisaicas, para no caer en la tentación de predicar sólo para los demás y no para nosotros; para evitar el decir y no hacer; para vivir aquello que predicamos y predicar lo que vivimos. En este sentido, recuerdo el lema de San Agustín que un compañero mío escogió para su ordenación sacerdotal: <<Para vosotros soy sacerdote, con vosotros soy cristiano, por vosotros me consagro hoy>>.

No podemos olvidar que nuestro sacerdocio es representación y participación del único sacerdocio de Cristo y, en consecuencia, Él es la última autoridad, <<que no ha venido a que le sirvan, sino a servir y a dar su vida en rescate por todos>> (Mt 20,28). La cruz es nuestro trono y nuestro altar: <<El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga>> (Mt 16,24). Los sacerdotes tenemos que buscar los caminos del amor, del servicio, de la humildad, de la sencillez.

Pero el sacerdocio que Jesucristo, Sumo Sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza, ha instituido también es participado por vosotros, los seglares. Como se nos dice en la sagrada liturgia, con palabras tomadas del Concilio Vaticano II, <<vosotros [por el bautismo] sois un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo de su propiedad>>. Es el sacerdocio común, que os capacita para hacer de vuestra vida un altar y un holocausto, como expresó con elegancia y hondura espiritual San Juan Crisóstomo: <<¿Tú ves un altar de piedra y lo veneras. Cuando veas a un hermano pobre, necesitado o creyente, ve también en él ese mismo altar. Es un altar de Dios, de Jesucristo, donde tú con tu caridad, con tu misericordia, con tu consejo, con tu colaboración, con tu orientación, puedes orar>>.

El sacerdocio no es una gracia que se da para que el propio sacerdote se regodee, se goce y se aquiete en ella, como si fuera en su propio beneficio. Por el contrario, es una gracia que se da para hacer el bien a los demás, para ser <<puente entre Dios y los hombres>>. Y el sacerdote hace el bien a los demás, para ser <<puente entre Dios y los hombres>>. Y el sacerdote hace el bien a los demás trabajando con ellos codo con codo, preocupándose tanto de su vida espiritual como material. Guardando el equilibrio entre la acción y la contemplación, o si se quiere, llevando a efecto el lema de la Regla de San Benito: ora et labora.

Mis queridos hermanos y amigos, ¡qué hermosas reflexiones! todos empezando por mí, tenemos que aplicárnoslas. En el ejercicio de nuestras funciones, bien en el seno de nuestra familia, en el ámbito de nuestra profesión o de nuestras relaciones humanas, tenemos que construir la vida sobre la base del servicio y de la entrega, expresión del amor.

La crítica que Jesús hace de las actitudes farisaicas tienen que estar como trasfondo en nuestro horizonte vital, porque ellas nos recuerdan el peligro que tenemos de creernos mejores que nadie, y desde esa atalaya convertir la autoridad en excusa para ser servido, desvirtuando así la vocación cristiana y sacerdotal que Dios ha depositado en cada uno de nosotros.