domingo, 31 de marzo de 2013

Domingo de Pascua de Resurrección

Domingo 31 de marzo

Hch 10,14.37-43: Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver. 
Col 3,1-4: Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo.
Jn 20,1-9: Él había de resucitar de entre los muertos.


En ocasiones se ha definido el cristianismo como una vertiente más del humanismo en sus múltiples facetas. Una definición ésta no exenta de su parte de verdad, pero, al mismo tiempo, una definición que esconde graves e incluso peligrosos riesgos. 
En efecto, es indudable que lo humano es base sine qua non de todo lo cristiano, porque es imposible un cristianismo desencarnado. Pensar y vivir el cristianismo al margen de lo humano fue y sigue siendo el craso error de todo tipo de gnosticismo, que conlleva la falsación de todo el Evangelio, y de la misma figura de Jesús, y en Él de Dios, encarnado y manifestado en nuestra historia humana. Pero no es menos cierto, que centrar todo lo cristiano exclusivamente en lo humano, y nada más que en lo humano, es un reduccionismo peligroso que mutila nada más y nada menos que toda dimensión de trascendencia, esencialidad irreductible del ser cristiano, desembocando en lo que comúnmente se dice un cristianismo «de tejas para abajo». Es el cristianismo de la paradoja y de la contradicción, «creer en Dios al margen de Dios». 
La Pascua es la fiesta de la vida, de la luz y del color de la resurrección de Jesucristo. Es la fiesta de la esperanza que nos lanza a depositar nuestra fe en el corazón de Dios, Padre y Señor de la vida. Y, por tanto, es la fiesta que nos invita a autotrascendemos, a volar alto, a mirar por encima de nuestras cabezas. 
La cruz redentora no acaba en la muerte del frío sepulcro; si así fuera, no sería redentora. La cruz y la muerte de Jesús carecen de sentido si el mismo Jesús que ha sido clavado en cruz y ha muerto no ha resucitado. Por tanto, no hay cruz sin gloria. Si Cristo no ha resucitado «vana es nuestra fe» (1 Cor 15,14). Si sólo para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, somos los más desgraciados de los hombres (cf. 1 Cor 15,17.19). 
Texto escandaloso a los oídos de muchos contemporáneos sensibles, por otra parte, al carácter gratuito de la vida, a apostar por la vida porque sí, porque la vida se justifica por sí misma y no necesita finalidad exterior a ella. Es, ni más ni menos, la versión secularizada de aquellos versos famosos: «Aunque no hubiera cielo yo te amara». 
El misterio de la Resurrección de Jesús es una llamada y una respuesta de Dios al hombre. Es una llamada de Dios a vivir la vida en plenitud, con gozo y con alegría, con libertad -la libertad de los hijos de Dios- anclada en la verdad que nos hace libres (cf. Jn 8,32), sin ataduras humanas de ningún tipo, porque su meta no es la encarnación encarnada, sino la encarnación resucitada. Su meta no es el reino de los hombres, sino el Reino de Dios. Sólo es libre la libertad que, transformando la historia, trasciende la historia misma porque entiende que en ésta no se encuentra su plena realización sino en Dios. 
Pero la resurrección es también una respuesta de Dios al hombre, a cada uno de nosotros. Dios nos dice que la vida no es un sinsentido, ni un absurdo, y que, en consecuencia, merece la pena ser vivida a fondo. No todo acaba en la muerte. La muerte es sólo el paso necesario e ineludible para la vida. 
La pregunta clave es ¿por qué y para qué vivimos? Vivir no es solamente durar. Vivir con sentido es trascenderse, saltar cualitativa e incesantemente de la mediocridad a cotas mayores de sentido y de plenitud. No necesitamos a Dios sólo para morir consolados, sino para vivir con sentido, para creer que vale la pena vivir generosamente en plenitud y amar profundamente siempre. Ése es el único nexo entre el hoy y el mañana definitivo. La pulsión fundamental del hombre -y por desgracia, más pertinazmente sofocada- es darse, ofrendarse, salir de sí hacia el otro que lo colme. 
¿Cómo hacer inteligible la Resurrección de Jesús y nuestra propia resurrección en el horizonte de un mundo que ha dejado de creer en Dios y está en trance de no creer en el hombre, cuando rechazó antes a Dios pensando que así apostaba por el hombre? 
La fe cristiana reconoce en Jesús, en su vida, la manera de vivir y de ser de Dios como amor en el mundo y en el tiempo. Este amor le da sentido a la vida e introduce en ella un elemento que ya es anticipo de la vida eterna: la muerte es la ruptura con lo que en la vida hay no ya solo de pecaminoso sino esencialmente de limitación. 
Un hombre viviendo la vida de Dios es un hombre que descubre el más allá -la dimensión de eternidad- en el más acá del tiempo, pero, a la vez, espera encontrar una vida que, sin ser fusión y pérdida en el infinito, sí sea plenitud y transparencia, en la que la comunicación, la libertad, la igualdad, la sencillez, la paz no sean experiencias precarias, aspiraciones que se esfuman sin dejar huellas, sino un estado permanente sostenido por el amor de Dios. 
De esa vida, el creyente no tiene evidencias ni comprobación posibles; y esto es lo que le cuesta entender, porque en el fondo sigue muy aferrado a su historia; la historia que palpa, pero que, quizá, no «ve» porque no la trasciende. 
Creer en la resurrección no es sólo ver las cosas de otra manera, con la esperanza de que lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. Es, además, y al mismo tiempo, creer en la alternativa de Dios, porque la resurrección pone en pie la esperanza humana, no como las utopías humanas, que no pasan de ser meras, pobres y efímeras ilusiones humanas, sino como un acontecimiento real: Jesús fue aquél que vivió de tal manera que acabó en la resurrección. Su comunión con Dios como Padre la vivió con los hombres como hermanos. 
Frente a la necrofilia actual disfrazada de amor a la vida, de esfuerzos desesperados e inútiles por vivir mejor desde las claves del materialismo y del hedonismo, Jesús nos dio una imagen de Dios y del hombre a partir de la cual, y sólo a ese precio, se le hará al hombre accesible Dios: el hombre mismo y el significado de la resurrección como la buena noticia. Lo descubren quienes experimentan un prodigioso rejuvenecimiento al desembarazarse de tantas protecciones infantiles y artificiales y entran a formar parte de la fraternidad de los pobres, de los ancianos, de los enfermos. Reconociéndolos como hermanos, reciben de ellos, en recompensa, la revolución de su propia humanidad. Quien ha cuidado enfermos, comprendido al joven cargado de problemas, tratado con minusválidos, sabe qué tesoros de humanidad reservan para quienes se detienen en su vertiginosa carrera a ninguna parte. 
El problema, por tanto, no es si existe una vida después de la muerte, sino si existe una vida después del nacimiento; si se puede nacer de nuevo (cf. Jn 3,1-8), después de haber envejecido prematuramente por rutina, mediocridad o egoísmo. Jesús es el resucitado porque vivió la vida de Dios, y su modo de vivir y de morir llevaba ya dentro el germen de Dios que no muere. 
Para el cristiano hay dos cosas claras frente a los que esperan que el hombre se salve a sí mismo: una fe que se funda en el «hacerse hombre» de Dios tiene interceptada toda huida del mundo; y una fe que recibe totalmente la iniciativa de Dios tiene prohibido todo empeño de introducir la salvación de Dios a la fuerza. El cristiano tiene que asumir la tarea de construir el mundo, tiene que colaborar en la obra de la salvación sin sucumbir a la tentación prometeica. Éste es el mensaje total de la Resurrección de Jesús.

viernes, 29 de marzo de 2013

Viernes Santo

Viernes 29 de marzo

Is 52,13-53,12: Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores. 
Heb 4,14-16; 5,7-9: Jesucristo se ha convertido para todos en autor de salvación eterna. 
Jn 18,1-9.42: Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. 


La cruz que predicamos y en la que creemos los cristianos es el signo distintivo e inequívoco y garantía de la autenticidad de la fe. Porque la fe sólo es verdadera si es probada en el crisol de las dificultades, de los sufrimientos, de los dolores, a que nos somete nuestra condición de seres históricos, lo mismo que a Jesús. Por ello, no puede haber fe sin cruz. La cruz es paso obligado, camino necesario de tránsito hacia la gloria. Y digo bien «necesario», en toda la extensión del término. 
Con frecuencia, más de lo que imaginamos, los cristianos olvidamos esta «obligatoriedad» esencial-esencia ontológica que determina todo lo cristiano- quedándonos sólo en la dimensión de gloria. La consecuencia no es otra que el falseamiento del mensaje salvífico anunciado y encarnado por Jesús, porque está claro que no hay resurrección sin cruz. Son dos caras del misterio que nos envuelve. El problema es que el misterio siempre será misterio, y, en cuanto tal, paradójico. Una paradoja que no puede ser domesticada, ni amañada. El misterio sólo es entendible si se acepta como tal. Esto es, ni más ni menos, la fe: aceptación de Dios y confianza absoluta en Él. Aceptación, al mismo tiempo, de la kénosis y de la gloria, del «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?», junto con el «¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!».  
No es una tarea fácil aceptar la dimensión de cruz de la existencia cristiana y las cruces que cada uno tiene en su vida, y menos una sociedad como la nuestra, preñada de hedonismo, en la que el sufrimiento, el dolor y la muerte son ignorados y ocultados porque afean la existencia. No es fácil asumir el horizonte finito que nos constituye. Por eso nuestra sociedad es radicalmente egoísta, porque es incapaz de entender el sentido salvador y redentor de la cruz. Para nuestra sociedad, la cruz sigue siendo «una locura», un «absurdo», lo mismo que lo fue para los griegos y los judíos de los tiempos de San Pablo (cf. 1 Cor 1,20-25). 
Y, sin embargo, ese sinsentido a los ojos humanos es fuente de sabiduría y de salvación divina. Entender y asumir esto es uno de los grandes escollos en nuestra vida de fe. 
Los cristianos tenemos que estar totalmente convencidos del sentido redentor de la cruz, integrando en nuestra vida la sabiduría de Dios que nos alumbra e ilumina en el discernimiento de la vida de fe. De ahí que, cuando medimos nuestra fe en la cruz de Jesucristo, sabemos perfectamente que aunque sintamos la nada de los hombres, es decir, el abandono, la crítica, la murmuración, el desprecio, la persecución, nunca sentiremos la frialdad y el alejamiento de Dios. 
Al mismo tiempo hemos de intentar, desde el marco de la oración, hacer una lectura serena y profunda de todos los acontecimientos que rodean y determinan nuestra vida. Hemos de saber leer en ellos cuál es la voluntad de Dios, cuáles los signos y claves de «ser y acción> que Dios quiere mostrarnos en nuestra vida, en mi vida. Estoy absolutamente convencido de que Dios nos habla siempre y a todas horas, pero, eso sí, hay hemos de tener un oído muy agudo y una vista muy fina para «ver» y «oír» a Dios, cuyo decir es el silencio. Quien lee en el silencio, lee en el corazón de Dios, como bien decía Eckart, el antiguo maestro de oración y vida, «en el silencio de su decir, Dios es auténticamente Dios». 
Aceptar la cruz en la vida conlleva parejo el perdón y la misericordia. Es la consecuencia lógica del amor hasta sus últimas consecuencias. Por ello Jesús, cuya vida fue una oblación y una entrega sin condiciones al servicio de los demás, no tiene en cuenta el mal que le infligen sino el amor que derrama por los cuatro costados, por eso exclama: «¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!» Sólo el perdón, nacido del amor, es el único capaz de devolvernos la serenidad de espíritu y la reconciliación personal de uno mismo con uno mismo que todos tanto necesitamos. 
Porque la revelación cristiana nos propone un Dios crucificado que nos enseña a morir con amor a la vida y a vivir como seres mortales, por eso, precisamente, es por lo que Jesús nos restituye a la realidad: viviendo como él nuestra existencia terrena hasta el final es como nos acercamos al misterio de Dios. Sólo el amor permite afrontar la cruz y la muerte, por medio de las que se aprende a valorar como nada lo que era valorado anteriormente, y, al mismo tiempo, se aprende a abrirse al otro, a entrar en el mundo del otro. Abrirse a la muerte es como abrirse al amor, ambos exigen salir de sí mismos: 
«Señor --exclamaba el teólogo Juan Miguel Sailer-, dadnos unos ojos de corto alcance respecto de las cosas que carecen de valor, y unos ojos llenos de claridad para toda verdad tuya». Es decir, creer en Dios significa tenerlo como único absoluto.

jueves, 28 de marzo de 2013

Jueves Santo

Jueves 28 de marzo


Éx 12,1-8.11-14: Yo pasaré esta noche por Egipto y me tomaré justicia de todos los dioses. 
1 Cor 11,23-26: Esto es mi cuerpo; ésta es mi sangre. Haced esto en memoria mía.
Jn 13,1-15: Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.


Celebramos la misa de la cena del Señor, actualización y memorial de la Última Cena de Jesús con sus discípulos. En ella, Jesús sintetiza toda su obra en un sólo y único mandamiento, su testamento espiritual: que nos amemos mutuamente como Él nos ha amado (cf. Jn 13,34). En torno a este eje, centro de toda la vida cristiana, orbitan y adquieren pleno sentido los acontecimientos que se nos narran en este día, y que perfilan el alma del cristianismo: el lavatorio de los pies, la institución de la Eucaristía y la institución del sacerdocio. 
El lavatorio de los pies es signo y expresión suprema del amor de Jesús, que nos «amó hasta el extremo». Por eso, el lavatorio de los pies no es un simple y llano gesto de humildad, como comúnmente se entiende. El lavatorio de los pies es mucho más que eso. Es la manifestación visible de la «oblación> divina, del «anonadamiento», de «hacerse uno de tantos», de «entregarse hasta la muerte, y muerte en cruz», según San Pablo en su Carta a los Filipenses. Así, una vez más, el amor supera todas las barreras, todos los límites, todas las cortapisas humanas. Y por ello, precisamente, el amor es más fuerte que la muerte, la sobrepasa, la vence. 
Decía Erich Fromm que sólo el amor redime al hombre, porque sólo él es capaz de romper las finitudes humanas. Y es verdad, pero el camino del amor sólo es posible desde el camino de la conversión y purificación interiores. Quien no está dispuesto a renunciar a sí mismo, a sus gustos, a sus caprichos, a sus apetencias humanas, a sus proyectos personales, no ha entendido para nada el gesto del lavatorio que hoy conmemoramos, y, por tanto, aún no se ha enterado de en qué consiste ser cristiano. No es de extrañar por qué tantas y tantas personas se escandalizan de nosotros, los cristianos. No es de extrañar por qué nuestra vida no es creíble. 
Nos pasamos la vida realizando cosas por Jesús y por el Evangelio, predicando y anunciado la Palabra, pero todo lo hacemos sin amor. Y sin amor nada somos (cf. 1 Cor 13), de nada sirve lo que hagamos, porque en el fondo seguimos instalados en nuestros egoísmos, y el egoísmo no salva. Por eso, Judas, personificación de cualquier creyente que es incapaz de saltar del «yo» al «nosotros», no aceptó la salvación de Dios. Estaba tan enfrascado en su círculo de vaciedad, que no le quedaba tiempo para la contemplación de los otros. Su dios era él mismo, su dinero, la bolsa, los encantos de este mundo. Así es imposible el amor. 
Este amor no es una realidad pasajera de momentos inolvidables, sino la vivencia día a día de la donación y entrega a los demás. El mandamiento nuevo nos deja la hondura del amor cristiano que hemos de contemplar como don gratuito llevado hasta sus últimas consecuencias. Es un amor que se traduce en aceptación, comunicación, enriquecimiento, entrega, renuncia, como maravillosamente nos expone San Pablo (cf. 1 Cor 13,4-7). 
La Eucaristía es el centro y núcleo de todos los sacramentos, esencia y vida de la misma vida del cristiano, alimento espiritual que fortalece y robustece nuestra fe (cf. Jn 6,53-58). ¿Cómo podemos alimentar nuestra fe, sino es meditando y «rumiando» en nuestro interior la Palabra de Dios? ¿Cómo podemos fortalecer nuestra entrega, nuestra generosidad y nuestro amor si nos falta el pan del cielo? ¿Cómo podemos tener vida en nosotros si no comemos y bebemos el cuerpo y la sangre de Cristo? Por ello, no podemos entender la moda, por otra parte muy extendida entre los creyentes, según la cual se prescinde de todos los sacramentos, también de la Eucaristía, en la vida cristiana. Es una contradicción y una aberración, porque es querer ser cristiano sin Cristo, o al margen de Él. Al final, este tipo de cristianismo acaba convirtiéndose, en el mejor de los casos, en un puro humanismo de «tejas para abajo», sin relación alguna con la trascendencia.  
Sin Eucaristía no hay cristianismo porque en ella se celebra la presencia viva del misterio de Cristo: su Pasión, Muerte y Resurrección, tríada axiológica que configuran las entrañas mismas de la salvación de Dios.  
La institución del Orden Sacerdotal es la consecuencia lógica del mandamiento del amor, plasmado en la institución de la Eucaristía. El sacerdocio ha sido instituido por Cristo para hacer presente en el mundo el sacramento del amor, la Eucaristía: «haced esto en memoria mía». Pero consagrar el pan y el vino y convertirlos en cuerpo y en sangre de Cristo no es un mero gesto o un rito más. 
Es ante todo, un sacramento que es vida, compromiso, don, entrega, sacrificio generosidad, testimonio. El sacerdote, a ejemplo del Maestro, ha de ser el primero en servir a sus hermanos. La Eucaristía que celebra y que comparte con sus hermanos en la fe está significando para él todo un reto de ejercicio diario de buscar y realizar la voluntad de Dios a través del sacrificio y la entrega sin condiciones a la causa del Reino, patente en las necesidades humanas. 
Desde su triple misión de sacerdote, profeta y rey, el presbítero ha de guiar sabiamente al pueblo de Dios, con la enseñanza de la Palabra de Dios y la doctrina de la Iglesia; con la administración de los sacramentos, fuente de vida; con las obras de caridad en favor de los más pobres, a ejemplo de Jesús. 
Ante la crisis sacerdotal que viene padeciendo la Iglesia hace aproximadamente tres décadas, conviene rogar y pedir con insistencia al dueño de la mies que envíe obreros a su mies (cf. Lc 10,1-3). Que en nuestras visitas al monumento, en el que hoy, Jueves Santo, queda expuesto el Santísimo, roguemos con fe confiada y firme al Señor, para que nos siga concediendo santos, buenos y serviciales sacerdotes, entregados en cuerpo y alma a la misión de la evangelización. 
Queridos amigos y hermanos, en este día del amor fraterno estrechemos más nuestros lazos de amor y de unidad. Que todos seamos uno en el Señor para que el mundo crea (cf. Jn 17,21-22).